Viajando por la vida y recalculando nuestras rutas mentales

Cuando recuerdo el confinamiento duro del año pasado, me doy cuenta de todos los cambios que trajo a mi vida. Todos tuvimos que cambiar nuestra forma de vivir, de trabajar, de pasar tiempo con nuestras familias… Tuvimos que recalcular nuestras rutas mentales en casi todas las áreas de nuestra vida. Algunas fueron muy complicadas porque las teníamos muy claras y no nos pidieron nuestra opinión, nos encerramos y no hubo otra opción.

Os tengo que confesar que algunos de esos cambios no fueron tan malos para mí, pensaréis que estoy un poco loca, pero es la verdad. Mi hermana vive en Madrid y el año pasado pasaron el confinamiento aquí, en Granada, en casa de mi madre, muy cerquita de la mía. Así que cuando pudimos empezar a salir, nos veíamos todos los días, mi hijo y los suyos jugaban y se peleaban, a partes iguales. Y eso fue bueno, muy bueno diría yo.

El 26 de junio de 2020 se volvieron a Madrid y nos despedimos sabiendo que íbamos a pasar mucho tiempo sin vernos. ¿Sabéis cuánto fue mucho tiempo? Pues un año, con todos sus días y todas sus noches, para mí eso fue peor que el confinamiento. Un año después, el 18 de junio de 2021, nos hemos vuelto a ver y, sobre todo, a abrazar, cómo lo echaba de menos. Volvimos a disfrutar con los juegos y las peleas de los pequeños de la casa, lo mejor del mundo.

Para vernos, alquilamos una casa en mitad de la sierra, todo rodeado de árboles, ríos, ciervos…, el lugar perfecto para desconectar, por supuesto, sin cobertura. Para llegar allí fue toda una odisea, utilizamos nuestro gran amigo el GPS, esa herramienta que nos lleva a todos los rincones del planeta.

Habíamos preparado la ruta: mucha autovía (la conducción es menos cansada) y un trocito de carretera por la montaña (buenas vistas). Entonces el GPS nos indicó que había habido un accidente y que era mejor desviarse por la carretera convencional, dudamos un poco, pero le hicimos caso. El GPS recalculó la nueva ruta en la que el asfalto era peor, había que adelantar sólo en los tramos que te lo permiten y nos tragamos algunos camiones. Cuando vas con un niño pequeño en un coche y te paras, él asume que hay que bajarse y eso en un accidente en la autovía no es posible. Así que recalculé mi ruta y elegí continuar en movimiento, aunque me cansara más.

Una hora después de nuestro primer cambio, nos pararon porque había una carrera ciclista. Estuvimos parados un buen rato y pensé: “Pues para esto podríamos haber seguido por la autovía”, no quería estar parada y ahí estábamos, con las cuatro ruedas sin moverse. En esta ocasión, nos pudimos bajar, acercarnos a la zona por la que pasaban los ciclistas y aplaudirles. Así que tuve que volver a recalcular mi ruta, esta vez elegí compartir y disfrutar ese momento con mi familia, frente a seguir conduciendo.

La carrera no duró para siempre, al rato pudimos reanudar la marcha, aunque íbamos a llegar más tarde de lo previsto, seguía siendo algo razonable. Conducíamos y sabíamos hacia dónde nos dirigíamos, hasta que 15 minutos después mi hijo dijo: “Quiero hacer pipí”. ¿Por qué no lo dijo mientras estábamos parados? ¿Por qué no se lo pregunté yo? ¿Por qué le he dado tanta agua? Todas esas preguntas pasaban por mi cabeza, las dejé estar sin enredarme en ellas porque así no iba a conseguir nada. Con ellas en mi cabeza, pero sin hacerles caso, volvimos a parar en cuanto pudimos.

Estamos en un momento en el que intento que él sea más independiente, no tener que estar recordándole cosas todo el rato. Intento dejar que él escuche su cuerpo y sepa cuándo quiere hacer pipí, aunque yo crea que ha pasado mucho tiempo desde la última vez. Recordando que prefería conseguir eso, aunque tuviera que parar más a menudo, fue como conseguí recalcular de nuevo mi ruta.

Yo ya había recalculado mi ruta más de lo previsto, estaba cansada mentalmente, ya estábamos cerca así que no iba a hacer falta nada más. Nos metimos por el camino indicado por el GPS, en mitad de la montaña, rodeados de naturaleza, increíble. Y mi amigo, el internet desapareció, ¿ahora qué?, ya el GPS no indicaba nada, muerto, se estaba haciendo de noche y no habíamos llegado aún. Mi hijo tenía hambre y quería ver a sus primos ya, yo llevaba varios días contándole lo bien que nos lo íbamos a pasar.

En ese momento mi impaciencia comenzó a crecer, yo ya sabía lo que había que hacer, recalcular otra vez mi ruta. Seguí con mi impaciencia, sólo que no dejé que me bloqueara. Ahora estábamos viviendo una aventura nocturna, de esas que le contamos en los cuentos y que son muy divertidas. Llamamos a los dueños de la casa, vinieron a nuestro rescate y por fin llegamos a nuestra nueva casa de vacaciones.

 

¿Cómo podemos recalcular nuestras rutas mentales?

Cuando recuerdo ese viaje me doy cuenta que no salió nada como yo había calculado, eso pasa continuamente con nuestros hijos. Si quieres llegar pronto, se va a manchar antes de salir de casa. Si quieres acostarlo pronto para madrugar al día siguiente, le van a dar las mil. Si quieres bañarlo rápido para que no se te eche la hora de la cena encima, va a querer un ratito más en el agua.

En esos momentos podemos dejar que todas las emociones nos desborden: enfado, impaciencia, cansancio, tristeza, ansiedad… O podemos asumir que van a estar ahí y recalcular nuestra ruta, no tiene por qué ser inamovible. ¿Hay que lavarle la cabeza los domingos y los jueves, o podemos lavarla al día siguiente? No estoy diciendo que los niños pueden conseguir siempre lo que quieren, sino que las mamás y los papás podemos recalcular nuestras rutas mentales. De esa manera, seguro, que somos capaces de conectar con lo que realmente importa: permitirnos ser flexibles sin sentir que hemos fracasado.

Desde Promethea podemos ayudaros a ser más flexibles con vosotros, gestionando todas esas emociones que os acompañen durante ese proceso. Si quieres hacernos alguna consulta sobre todo esto o pedir una cita con un psicólogo en Granada o elegir la terapia online, ya sabes cómo contactarnos.

Lo que se me ha olvidado contaros de ese viaje es que el gran premio fue poder abrazar a mi hermana de nuevo. Ahí no tuve que recalcular nada porque esa ruta es la que es, el gran lujo de tenerla en mi vida, cuanto más cerca mejor.

 

Artículo escrito por
Carmen Montoro
Psicóloga, terapeuta de pareja, sexóloga y
co-directora en Centro de Psicología Promethea

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