¿Cómo divido mi tiempo: madre vs. trabajadora?
Desde hace 2 años y medio, la mitad de mi tiempo se la dedico a mi segunda casa, a Promethea. Cuando Rocío y yo abrimos sus puertas lo hicimos con mucha ilusión y un poquito de miedo. Yo sabía que le íbamos a tener que dedicar todo nuestro esfuerzo y nuestra energía para que este proyecto creciera.
Desde hace algo más de 3 años, la otra mitad de mi tiempo se la decido a mi hijo. Cuando me quedé embarazada no tenía ni idea de todo lo que había que invertir en un hijo. Todo es todo: tiempo, esfuerzo, energía, más tiempo, más esfuerzo y más energía.
¿Qué es el gen “malamadre”?
Hay días en que la mitad de mi tiempo se queda escaso para cualquiera de esas dos áreas de mi vida. Ahí se me activa el gen “malamadre”, seguro que mis amigas del club de las malas madres (www.clubmalasmadres.com) me perdonan por haberle copiado su nombre.
Cuando estoy jugando con mi hijo y tengo que atender una llamada de un paciente, a veces mi hijo me dice: “Mamá, deja el móvil”. Pienso que no soy capaz de desconectar del trabajo, que no atiendo sus necesidades de forma adecuada y que debería hacerlo bien. Siento rabia por contestarle mal a causa de mi estrés, frustración porque se vuelva a repetir esa situación, tristeza por todo en conjunto. Y decido, de nuevo, que no vuelvo a invadir mi vida personal con mi vida laboral.
Ese gen es el predominante, pero hay otro que también lo acompaña para no dejarlo solo al pobrecito. Esa tarde que no puedo atender bien una llamada porque estoy con mi hijo, se activa el gen “malatrabajadora”. Os imaginaréis mis pensamientos; no hago bien el trabajo, mi socia invierte más tiempo y rinde más que yo, la empresa necesita más dedicación. Siento impotencia porque haga lo que haga siempre es poco, ansiedad si miro la agenda del día siguiente, enfado por no llegar nunca a nada. Y decido, de nuevo, que no puedo abandonar mi vida laboral.
El gen “malamadre” es un esquema mental.
Eso que yo llamo gen, en realidad, son esquemas mentales. Un esquema es una creencia básica sobre uno mismo y el mundo que lo rodea. Son como gafas de sol que colorean nuestra forma de ver las cosas. Una vez que se han activado dan lugar a sentimientos muy dolorosos; vergüenza, culpa, tristeza, pérdida… Los esquemas interfieren con nuestra habilidad de sentirnos seguros y con nuestra capacidad para satisfacer nuestras necesidades y las de los demás.
Estos esquemas se viven como verdades evidentes, son muy resistentes al cambio y se utilizan para predecir el futuro, siempre va a ocurrir así. Generalmente, se desencadenan ante acontecimientos estresantes y se acompañan de altos niveles emocionales.
El gen “malamadre” y el “malatrabajadora” que a mí se me activa es un esquema mental llamado “normas inalcazables”. Ese esquema me hace creer que yo debo cumplir unas expectativas elevadas de logro en mi vida personal y laboral. Y si no alcanzo esos niveles que me exijo, algo en mí está mal y merezco mi crítica y, por supuesto, la de los demás.
Estos son mis genes, ese es el esquema mental que a mí se me activa. En vuestro caso puede ser el mismo u otros, no es el único. Si queréis otro día os cuento sobre sus amigos por si con este esquema no os habéis sentido identificados.
La importancia de los valores.
En esos momentos de activación de un esquema, acompañado de pensamientos y sentimientos desagradables, me recuerdo la importancia de los “valores”. Por si todavía no habéis oído hablar de ellos os explico qué son; los valores definen lo que somos y cómo queremos actuar. Son como una brújula porque proporcionan un sentido de dirección. Son cualidades que puedes trabajar en cada día, en cada momento. Los deseamos, los elegimos para crecer. Dependen de nosotros mismos.
En este momento, hay un valor importante en mi vida, ser una persona comprometida. Quiero comprometerme, principalmente, con mi hijo y con mi trabajo. Sin embargo, en esas ocasiones que os he contado, tengo la sensación de que existen conflictos dentro de ese valor para ver quién gana.
Aquí me digo algo importante sobre los valores, y es que raras veces se oponen. No están en conflicto o contradicción. Entonces, no existe esa contradicción en mi valor de ser una persona comprometida. El conflicto se da en la priorización de los ámbitos de los valores. En mi situación actual, los ámbitos más importantes son mi hijo y mi trabajo. Me paso media vida priorizando uno y la otra media priorizando el otro. Y hay que tener claro que no es posible implicarse al 100% en cada ámbito todo el tiempo. Por eso no me cunde como madre como a mí me gustaría y no rindo como trabajadora como yo desearía.
A pesar de todo estas explicaciones que me doy, en ocasiones, sigo sintiendo estrés, rabia, impotencia y mucha culpa. Todas estas emociones desagradables no las puedo controlar; no puedo echar ni evitar esos dos genes de malamadre y malatrabajadora. Sólo puedo aprender a vivir con ellas, aceptarlas y darles su espacio, aunque huelan mal, aunque no me gusten.
Y, por último, darme cuenta que con todo lo anterior yo puedo decidir si me comporto de acuerdo a mis valores aunque estén acompañados de pensamientos y emociones que no quiero. Así que decido comprometerme con mi hijo y con mi trabajo, sin olvidarme de mí.
Existen más esquemas que se activan, otros valores a los que dirigirse, cada uno tiene que encontrar su brújula. Si te has dado cuenta que esto te ocurre y no sabes cómo gestionarlo, desde Promethea podemos ayudarte en lo que necesites. Así que no dudes en ponerte en contacto con nosotras y estaremos encantadas de atenderte.
Artículo escrito por
Carmen Montoro
Psicóloga, terapeuta de pareja, sexóloga y
directora en Centro de Psicología Promethea


